Alberto Manguel

"Volver con la frente confusa" es el título de la nota que le hicieron en la revista Ñ, aparecida el 16 de julio de 2005 en las páginas 20 y 21 sobre la publicación de su novela El regreso.
Encuentro que la nota no está disponible en la página de Clarín.
Lo que me había llamado la atención para postear era la pregunta sobre las dificultades de traducción al inglés, a pesar de ser él mismo, el autor, quien se encarga de la traducción. Yo lo relacioné con las diferencias entre escribir para expertos en un tema y escribir lo mismo pero para un lego en la materia, cualquiera sea.
Pero las respuestas a las preguntas sobre la época de la dictadura me resultaron tremendas en la descripción de la vivencias, de la situación y del destino del personaje. Aquí está el fragmento de la entrevista.
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-¿Y cómo resuelve las limitaciones que existen entre un idioma y otro, ahora que está traduciendo la novela al inglés?
-Siempre realizo las traducciones en los idiomas que puedo leer y casi siempre agrego o quito algo; ninguna edición se parece. La traducción que estoy haciendo de El regreso al inglés es más bien una reescritura, porque tengo que eliminar o explicar cosas que un lector no argentino no puede reconocer. Se está convirtiendo así en una novela mas larga, mas explayada. Es muy interesante porque lo hace a uno consciente de hasta qué punto un idioma tiene sus propias leyes. No sólo depende del tema que se está contando, de la historia o ideas que se transmiten, sino que el idioma en sí mismo tiende a hacernos decir o pensar de cierta manera. Hay cosas que cuento en español que han pasado porque las he escrito en español, y cuando las escribo en inglés, la historia necesariamente cambia un poco.
-Casi todos los personajes de su novela son desaparecidos de la última dictadura militar. ¿Cómo los construyó?
-Gran parte de los desaparecidos están condenados a la juventud. Una de las muchas abominaciones a las que nos condenó la dictadura militar, fue quitarles a los desaparecidos la posibilidad de la edad adulta, de la madurez, de la vejez, incluso de la conclusión de la muerte. Y tienen una especie de inocencia que es falta de experiencia de lo que pasó. Si tuviera que imaginar un mundo después de la muerte, imaginaría un mas allá en el cual los muertos tienen que llevar a cuestas la ausencia del tiempo que no vivieron. Creo que esa es una de las angustias de los que sobreviven: no poder llenar el espacio entre la desaparición y el ahora.
-En ese sentido, a Fabris, el protagonista, se le hace difícil interpretar lo que pasó en el país tras treinta años de ausencia. ¿En qué medida él es inocente?
-La palabra inocente conviene aquí, porque Fabris es una persona que no se fue por un exilio, que no investigó las desapariciones ni la situación política y que ha vivido todo lo ocurrido acá como una lejana ausencia, nada más. El cree que está volviendo a la misma ciudad que dejó, y no busca explicaciones a las situaciones que le sorprenden; se conforma con la solución más superficial a sus dudas. Pienso que Fabris representa la imagen de la realidad que tenía mucha gente durante la dictadura. Yo la viví desde afuera, pero tenía la impresión de que quienes no estuvieron directamente involucrados o que no se vieron afectados por la dictadura, vivían todo utilizando justificaciones muy superfluas. Si una persona estaba desaparecida, pensaban que se haía ido de vacaciones, o que tendría algún motivo para no estar. Nunca aceptaban el horror. Fabris es así. Creo que de ahí viene su condena final, y tendrá que vivir para siempre en esa especie de presente inventado, en un tiempo que no va a acabar nunca porque no reflexiona sobre él.
-Ese eterno presente, donde verdugos impunes y víctimas conviven, ¿es una metáfora de la Argentina de hoy?
-No voy a engañar a nadie diciendo que no me inspiré en la Argentina, pero en mi novela nunca menciono ni al país ni a Buenos Aires, pues quiero que eso quede un poquito abierto, sin la necesidad de hacer equivalencias. No obstante, siento que todavía hay algo terrible en nuestro país, que no sé cómo va a solucionarse, y que es justamente esa ausencia creada en torno a la dictadura militar. Si bien se ha hablado mucho y se ha reflexionado algo al respecto, sigue siendo una ausencia social, ya que no hemos atravesado un proceso jurídico en el cual se haya hecho justicia. Si fuese así, de alguna manera podríamos sentir como sociedad que hay un capítulo terrible en nuestra historia. Pero no: es como si hubiéramos arrancado esas páginas. No hay una clara definición de quiénes han cometido hechos atroces y quiénes son las víctimas; la hay individualmente, pero socialmente. Como la historia terrible que me contó Juan Gelman una vez: una Madre de Plaza de Mayo espera y espera el juicio al torturador de sus hijos -a quien conoce- y ese juicio no ocurre nunca. Un día está en un café y este torturador entra y se sienta en la mesa de al lado. La mujer se levanta, se va a su casa y se suicida. Víctimas y victimarios, juntos en la sociedad.
-Al final de la novela aparece Héctor Oesterheld de manera algo velada. ¿Por qué eligió incluírlo en la novela?
-Quise que hubiera por lo menos una persona emblemática que pudiera reconocerse. Oesterheld es un personaje siempre me conmovió. Cuando yo era chico, El Eternauta era para mí una refernecia escencial. Luego en los documentos del Nunca Más se cuenta la última vez que lo ven; está destrozado, y sin embargo quiso saludar con la mano uno por uno a todos los presos que estaban con él en la Nochebuena del 77, cuando les permitieron sacarse las capuchas y hablar cinco minutos.
(...)".
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